6 julio 2022

LA LINDA NOTICIAS

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La historia detrás de “Garganta profunda”, la película porno que nombró por error Alberto Fernández en un acto

Primero fue el film triple X que protagonizó Linda Lovelace, obligada por su novio, un proxeneta. “Cuando ven la película, están viendo cómo soy violada”, dijo años después. Luego fue el nombre de la fuente de los periodistas del Washington Post Woodward y Bernstein en el Caso Watergate que hizo caer a Richard Nixon, cuya identidad recién se reveló en 2005

“Ahí veo a compañeros de garganta profunda, como él, miles”, dijo Alberto Fernández, antes de que le corrijan que la organización se llama Garganta Poderosa.

El presidente se confundió al hablar en el acto de derechos humanos en la Casa Rosada, y nombró a la reconocida película que marcó un antes y después en la pornografía.

Estrenada el 12 de junio 1972, fue uno de los grandes éxitos de contenidos para adultos, y el despegue de la carrera de la protagonista, Linda Lovelace.

La vida trágica de Linda Lovelace, la actriz de “Garganta profunda”, el  primer filme pornográfico de la historia - SinEmbargo MX
Linda Lovelace, la actriz de “Garganta profunda”, el primer filme pornográfico de la historia

Tanta fama tuvo la película, que Bob Woodward lo utilizó para nombrar a su informante en los artículos sobre el caso Watergate junto a Carl Bernstein.

Ese gran escándalo político de Estados Unidos, que terminó con la renuncia de Richard Nixon, provocó que el título sea reconocido por otro significado.

Dirigida por Gerard Damiano, el film tenía un argumento explícito: se trataba de una mujer, Linda, que va al médico porque no puede tener orgasmos, y el médico descubre que tiene el clítoris en la garganta.

“Yo no soy así en absoluto. Esa no fui yo”, dijo Linda, cuando en una conferencia de prensa expuso el detrás de la película y todo lo que había vivido. Desde ese momento, se destacó por la militancia antiporno.

Su infancia estuvo marcada por la religión y el maltrato. Su padre, John Boreman, era policía y muy ausente, y su madre, Dorothy Tragney, trabajaba en un bar y era muy violenta: “Ella me golpeaba por el más mínimo detalle. Una vez me mandó a la farmacia a comprar gotas para la nariz y volví con la marca equivocada: tenía 11 años y me pegó con un palo de escoba por ese error. Dijo que hubiera conseguido la correcta si no pensara tanto en chicos”, contó la actriz.

Luego se mudó a Florida con su familia y, a los 19 años, quedó embarazada, pero engañada por su madre, dio a su bebé en adopción.

Chuck Traynor fue su primer marido, se casaron en 1971. Dueño de un bar en Miami, luego su negocio empezó a ir mal y fue proxeneta y después ella ejerció la prostitución.

Según afirmaron, el dinero para producir Garganta Profunda era de la mafia. Al director le dieron 25 mil dólares, y Traynor recibió 1250 dólares para Linda, aunque ella nunca los recibió.

Espías, teléfonos pinchados y dos periodistas tenaces: así empezó el escándalo Watergate hace 50 años.

Provocó la renuncia de Richard Nixon, el primer y único presidente de Estados Unidos en renunciar. Fue una investigación periodística excepcional, y peligrosa, llevada adelante por Bob Woodward y Carl Bernstein, y por el diario en el que trabajaban: The Washington Post. El Caso Watergate cambió para siempre las relaciones de la prensa con el poder e impulsó en el mundo el periodismo de investigación

A las 0.30 del sábado 17 de junio de 1972, hace ya cincuenta años, comenzó el escándalo Watergate que culminó, dos años después, con la  renuncia de Richard Nixon. Carl Bernstein y Robert Woodward fueron los periodistas del Washington Post que investigaron el caso (Bettmann Archive/Getty Images))
A las 0.30 del sábado 17 de junio de 1972, comenzó el escándalo Watergate que culminó, dos años después, con la renuncia de Richard Nixon. Carl Bernstein y Robert Woodward fueron los periodistas del Washington Post que investigaron el caso

¿Qué fue Watergate?

El mayor escándalo político del siglo pasado en Estados Unidos, el éxito de una meticulosa investigación periodística a cargo de dos jóvenes redactores del Washington Post, Bob Woodward y Carl Bernstein, y la decisión inquebrantable del diario de publicar los resultados de esa investigación. Woodward y Bernstein ligaron a los ladrones de Watergate con la Casa Blanca, Nixon intentó frenar la investigación porque el espionaje en Watergate había sido una operación diseñada en la Casa Blanca, el Presidente sugirió incluso que el FBI dejara de investigar, todo quedó en las cintas del sistema de grabación que Nixon había instalado en su oficina, por lo que resultaba evidente que había obstaculizado el accionar de la Justicia y podía ser sometido a juicio político. Antes, Nixon prefirió renunciar el 8 de agosto de 1974, dos años y dos meses después del asalto en Watergate.

A las nueve de la mañana del sábado 17 de junio, Woodward fue despertado por el editor jefe de noticias locales del Post, Barry Sussman. Las nueve de la mañana de un sábado, o de cualquier otro día, no es hora para despertar al periodista de un matutino. Sussman y Woodward lo sabían. Algo grave sucedía, pensó Woodward. Sussman le contó que cinco personas habían sido apresadas en la madrugada, en el interior de las oficinas del Partido Demócrata. Todos llevaban encima complejos equipos telefónicos y algunos elementos electrónicos tal vez sofisticados. ¿Podía Woodward hacerse cargo de cubrir eso?

Bob Woodward y Carl Bernstein en la redacción del Washington Post, durante la investigación del caso Watergate (Bettmann Archive/Getty Images)
Bob Woodward y Carl Bernstein en la redacción del Washington Post, durante la investigación del caso Watergate

Cuando llegó, notó cierta agitación alrededor del escritorio de Sussman,

Allí se enteró que lo que él pensaba era un asalto a las oficinas del Partido Demócrata, era en realidad un intento de asalto al Cuartel General del Comité Nacional del Partido Demócrata, en el edificio Watergate. Las cosas tomaban otro color. Woodward empezó a hacer algunas llamadas telefónicas cuando notó que también investigaba por su lado Carl Bernstein. Pensó: “Dios mío, ¡Bernstein no!”. La fama de Bernstein era la de una especie de topadora, que se abría camino a lo bestia por los laberintos de un gran reportaje y se quedaba luego con la gloria de la gran nota. De hecho, a esa hora, Bernstein ya había empezado a hablar por teléfono con recepcionistas, porteros, camareros, encargados del cuidado de los departamentos y con cualquier otra persona que pudiera acercarle información en el edificio Watergate.

La primera nota en el Washington Post firmada por Alfred E. Lewis (quien fuera un periodista, veterano del Washington Post y una semi leyenda en el periodismo policial; un tipo medio policía, medio periodista, informante del Post y tal vez soplón de la ley)

Fue Lewis el que pasó los datos de oro del caso Watergate. Informó, por teléfono, que los cinco detenidos en la madrugada de ese sábado 17 vestían trajes oscuros, como si fuesen hombres de negocios; todos tenían calzados guantes de goma Playtex, como los que usan los cirujanos; les habían secuestrado un walkie talkie, cuarenta rollos de película virgen, dos cámaras fotográficas de treinta y cinco milímetros, ganzúas, pequeñas pistolas de gas lacrimógeno del tamaño y diseño de una lapicera y micrófonos y aparatos de escucha, capaces de captar, y grabar, conversaciones telefónicas. Lewis dijo algo más, de mucho valor: uno de los detenidos llevaba encima ochocientos catorce dólares, otro, ochocientos, el tercero tenía doscientos treinta y cuatro dólares, el cuarto, doscientos quince y el quinto doscientos treinta. Menos el suelto, todos eran billetes de cien dólares, lo que era muy extraño en una época en la que se manejaba poco dinero en efectivo. Había algo que era mucho más extraño todavía, dijo Lewis: los billetes de cien de todos los presos, tenían numeración correlativa.

Los presos en el edificio Watergate eran: Bernard Barker, Frank Sturgis, Virgilio González, Eugenio Martínez y James McCord, Jr. Era el único dato que tenían Woodward y Bernstein. No sabían, lo averiguaron después, que los cinco habían sido contratados por Howard Hunt y por Gordon Liddy, dos hombres vinculados al Comité de Reelección de Nixon, que iba por un segundo mandato a conquistar en las elecciones de noviembre de ese año. Hunt era un ex agente de la CIA, murió en enero de 2007, y Liddy era un ex agente del FBI, murió el 30 de marzo del año pasado, ambos jefes operativos del equipo que tomó la sede demócrata por asalto. Dependían de la Casa Blanca, que los había contratado, entre otras operaciones sucias, para “evitar filtraciones” a la prensa. Todos coincidieron en una humorada: si los habían contratado para evitar filtraciones, se llamarían a sí mismos “The Plumbers – Los Plomeros”. Esa fue la profesión que dieron a la policía en el momento de ser detenidos.

El juicio de los «Siete de Watergate», los hombres acusados ​​de poner micrófonos ocultos en la sede del Comité Nacional Demócrata. En la foto, llegando al tribunal (de izquierda a derecha): Virgilio Gonzáles; Henry Rothblatt, abogado; Bernardo Panadero; Frank Sturgis; y Eugenio Martínez 

El juez, que no se había creído aquello de que los cinco personajes eran plomeros, les preguntó por su profesión. Uno de los cinco, algo pomposo, se levantó y dijo: “Anticomunistas”. Su señoría, acostumbrado a escuchar respuestas raras a su pregunta sobre las profesiones de los detenidos, no pudo menos que mostrarse perplejo. Cuando le llegó el turno al más alto de los sospechosos, James McCord Jr., el juez le pidió que se acercara y le preguntó por su ocupación: “Consejero de seguridad”, contestó McCord. El juez le preguntó en dónde ejercía como consejero de seguridad, y MacCord contestó con una evasiva: “Hace poco me retiré del servicio en el gobierno”. En ese momento, Woodward cambió su ubicación, se sentó en la primera fila y se inclinó hacia adelante para no perder detalle. El juez insistió: “¿En cuál servicio del gobierno?” Y McCord, casi en un susurro, contestó: “En la CIA”.

“¡Mierda, la CIA!” pensó Woodward casi en un susurro, y salió disparado hacia el Post para informar sobre la declaración de McCord. Todavía no se sabía que McCord también era el encargado de coordinar la seguridad del Comité de Reelección presidencial. La Casa Blanca estaba metida hasta el cuello en el asalto al Cuartel General de sus rivales demócratas. Además de Woodward y Bernstein, otros ocho periodistas trabajaban ya en dar consistencia, unidad, chequeo y certeza a los valiosos datos aportados por Lewis. A las seis y media de la tarde, la hora en la que los diarios deciden sus portadas, el director gerente del Post, Howard Simons, el hombre por debajo de Ben Bradlee, le dijo al jefe de las noticias locales: “¡Es una historia sensacional!”. Y ordenó publicarla en la primera plana de la edición dominical.

Esa noticia llevó la firma de Woodward y Bernstein. Su primer párrafo es, aún después de medio siglo, un ejemplo del estilo seco, despojado, informativo y preciso del que hizo escuela el periodismo americano. Decía: “Cinco hombres, uno de los cuales afirma ser ex miembro de la Agencia Central de Inteligencia (CIA), fueron detenidos ayer a las 2,30 de la madrugada cuando intentaban llevar a cabo lo que las autoridades han descrito como un plan bien elaborado para colocar aparatos de escucha en las Oficinas del Comité Nacional del Partido Demócrata en esta ciudad”.